“ORFEO Y EURÍDICE” (transcripción del caballero Pérciglas sobre un texto de Julia T. López)

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La historia de Orfeo y Eurídice constituye uno de los temas clásicos que la mitología griega y luego romana nos ha legado para hablar del amor, de la pérdida del ser amado, de las dificultades de superar una prueba impuesta, de las consecuencias irreversibles de errar y también para plantear la dualidad entre el alma y el cuerpo. El mito propone ese juego de eternos contrarios que son el amor y la muerte, pero también un complejo manual de enseñanzas sobre los peligros de enfrentarse a lo desconocido, de saber más de lo debido, de desafiar a las fuerzas superiores y de no someterse a los tabúes de la fe, a los designios del destino o a la propia muerte.

El descenso de Orfeo a los infiernos en busca de su fallecida esposa ya aparece mencionado por Eurípides en el siglo V a.C. y por Platón en el siglo IV a.C. Sin embargo fueron los poetas romanos Ovidio y Virgilio quienes elaboraron la historia contextualizada de los dos amantes desgraciados que mejor se ha conservado y ha llegado, con categoría de clásico, hasta nuestros días. W. K. C. Guthrie encontró indicios de que había existido un poema alejandrino que

recogía esta misma trama narrativa e inspiró los textos de “Las Metamorfosis” y las “Las Geórgicas”. En ellos Orfeo, héroe tracio, hijo de Eagro y de la musa Calíope, que también se embarcó, como cuenta Apolonio de Rodas, en la nave Argo para acompañar a Jasón y a sus argonautas hasta la Cólquida, se encuentra ya casado con Eurídice. La joven, por huir de los reclamos inoportunos de Aristeo (según nos explica Virgilio), es herida mortalmente por una serpiente y su alma desciende al reino de los muertos. Orfeo, a quien ni siquiera la bella música que él mismo interpreta consuela de la pérdida, se aventura  a atravesar la puerta de Ténaro para internarse en los valles del Averno y solicitar a Hades, dios de los muertos, y a su esposa Perséfone que devuelvan a Eurídice al territorio de los vivos o que se queden también con él en el infierno. En su descenso, Orfeo toca su lira y canta tan dulcemente que hace que la rueda de Ixión se detenga y que se conmuevan los seres de la oscuridad, Caronte y Cerbero, las Euménides, las almas difuntas y el propio Hades, que accede a liberar a Eurídice con la condición de que Orfeo la conduzca hasta el exterior sin detenerse a mirarla. Pero el héroe, sin poder evitarlo, la contempla un momento antes de que ella abandone las sombras  y así la pierde para siempre. Ovidio, sin embargo, reúne finalmente a los dos enamorados en su pasaje sobre la muerte de Orfeo cuando, tiempo después, es despedazado por las Ménades de Tracia a consecuencia de una venganza urdida por Dionisos. Los esposos se encuentran, ya difuntos, en los Campos Elíseos, donde descansan en paz.

Este relato, que de muy diferentes maneras el arte ha mantenido vivo a lo largo de los siglos, ha inspirado a escritores como Polizziano, Shakespeare, Dante, Lope de Vega, Quevedo, Rilke, Gide o Valéry; a pintores como Durero, Mantegna, Jan Bruegel El Viejo, Tiziano, Delacroix, Moreau, Rossetti, Waterhouse, Blake, Chirico o Picaso; y a compositores y músicos como Peri, Monteverdi, Gluck, Beethoven, Keiser, Birtwistle, Stravinsky, Vinicius de Moraes o A. Carlos Jobim.

La ópera “Orfeo y Eurídice”, a cuya partitura se debe este montaje, fue compuesta por Christoph Willibald Gluck, se estrenó en Viena en 1762, y forma parte de las denominadas piezas de “azione teatrale” que incluían coros y danzas en su puesta en escena. Su final feliz, que en parte se debe a una alteración argumental de la ópera de Peri, y que, según Guthrie, pudo corresponder también a otra de las versiones clásicas de la historia recogida por Hermesíanax, explica cómo no solo el amor, sino también la música salvan a la pareja y triunfan sobre la muerte. La lira de Orfeo y su voz logran el sublime cometido de sortear el mismo infierno y cambiar el destino de Eurídice.

En 1975, la bailarina, coreógrafa y directora alemana Pina Bauch, creadora de un estilo personal y participativo de montajes denominado danza-teatro (Tanztheater), estrenó un hermoso espectáculo de ballet sobre la ópera de Gluck. Bausch juega con la mímica de los bailarines que revelan las emociones de los personajes a través de movimientos que enfatizan los gestos acompañados por la música. La versión de la directora es sobria, bastante más sombría y triste que la propuesta del compositor neoclásico vienés, y está montada en clave expresionista, utilizando en su sencilla escenografía y vestuario el blanco, el negro y el gris, como transición entre los dos mundos que debe recorrer Orfeo. Esa técnica del claroscuro permite a la artista ocultar una parte de la realidad para resaltar otra en la que recae una mayor carga metafórica. Las escenas del ballet están imbuidas de esa estética de comienzos del siglo XX que se descubre en los cuadros de Munch, cuya expresividad humana domina todos los demás elementos de la composición; en las obras de Chagal (que utiliza colores más vivos, azules y rojos, de forma semejante a como se ha elegido la paleta del presente espectáculo); o en la Alemania de entreguerras con cuadros como los de George Grosz y Otto Dix.

El montaje que os presentamos es fiel al espíritu clásico de la tragedia y al estilo coreográfico, austero pero muy expresivo, de Pina Bausch; en ambos Eurídice muere de nuevo por el error fatal del héroe y Orfeo debe enfrentarse a su destino en soledad hasta morir despedazado y arrojado al río. Sólo la música parece sobrevivir a todas las desdichas cuando la cabeza decapitada del tracio, ya sin vida, continúa cantando arrastrada por la corriente hasta llegar al mar. La lira de Orfeo, como baluarte de esa cualidad intemporal del arte, se convierte en constelación por designio divino.

Bibliografía mencionada:

– Guthrie, W.K.C: “Orfeo y la religión griega”, Ediciones Siruela, Madrid, 2003.

– Publio Ovidio Nason: “Las Metamorfosis”, editorial Cátedra, 2005.

– Virgilio: “Geórgicas”, editorial Gredos, 2010.

– Apolonio de Rodas: “El viaje de los Argonautas”, editorial Alianza, 2005.

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