CEREMONIA DE ENTREGA DEL PREMIO “LA LITERATURA RUSA EN ESPAÑA” (24/01/2014). Por Ada Narradora.

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Ayer tuve la oportunidad de asistir a la ceremonia de entrega de premios que el Centro Boris Yeltsin otorgó a la mejor traducción de una obra rusa al español, de las publicadas en 2013.  El evento se celebró en la sede de la embajada de Rusia en Madrid, rodeado de un agradable y educado ambiente de amigos, familiares y editores, así como de algún que otro amante de los libros o de la cultura rusa que había sido invitado y que, como era mi caso, no sabía muy bien lo que se iba a encontrar.

No sé cuántos madrileños habrán tenido el privilegio de pisar suelo ruso sin salir de su ciudad, pero para quienes no hayan franqueado nunca las puertas del imponente edificio blanco que alberga a la diplomacia de Moscú, he de decir que su aspecto exterior de nívea mole no casa con los sobrios pero elegantes, diáfanos e igualmente blancos salones del interior, con sus lámparas de lágrima, y con una colección de cuadros fantásticos de un ilustre pintor ruso que el presentador nombró en la ceremonia pero cuyo nombre soy incapaz de recordar ahora mismo. Eran murales que retrataban escenas de la historia rusa y soviética.

Yo nunca había asistido a un evento de este tipo pero lo cierto es que disfruté de esa alegría serena que embarga a los premiados por una actividad que, en realidad, se valora y se reconoce menos de lo debido.

La traducción, para alguien ignorante del idioma de quien escribe, es el espejo en el que se mira un texto cuya forma nunca podrá ser la misma en otra lengua (y fíjense que hablamos de literatura), pero cuya dignidad puede violar o enaltecer quien se atreve a decir lo mismo que el escritor pero con otras palabras.  Yo siempre he pensado que un buen traductor debe ser un técnico de la lengua con alma de poeta y destrezas de artesano; hombres y mujeres serios, generosos con su tiempo y unas cervicales a prueba de horas de ordenador, que muchas veces no ven recompensada, ni económica, ni socialmente su labor. Son menos conocidos que los editores y mucho menos que los autores (los que son conocidos, claro), pero aquellos a quienes les gusta leer, ese público fiel a la palabra escrita de aquí y también de fuera, los acaba reconociendo no tanto porque sus nombres se aireen a los cuatro vientos en las revistas o en los periódicos, sino porque aprenden a valorar en ellos al anónimo narrador capaz de tender un puente  invisible entre el texto extranjero y la lengua propia. El buen traductor, ese Hombre Celofán de las letras, viste el texto con su personal interpretación de la lectura original, el ritmo de un idioma que puede parecer incluso incompatible con aquel en el que se codificó por primera vez, y la propia música que la pluma ajena hace sonar en su cabeza. Todo ello sin que se note que es él quien pone por escrito lo que dice otro. Pessoa afirmó que el poeta es un fingidor, pero lo es aún más el traductor, que hace como que no se encuentra siquiera en el escenario de la comunicación literaria. Es esa mezcla de humildad creadora y fidelidad técnica la que hace que el lector cuidadoso, cuando va a una librería y decide adquirir una obra extranjera, se fije en el pequeño apéndice que el ejemplar lleva grabado, generalmente en letra más pequeña, bajo el título y el nombre del autor: “traducción de…” o “versión de…”. Anoche fueron homenajeados algunos de estos héroes  incansables del anonimato, que dotan la voz del escritor de otra forma para conservar intacto su significado.

El primer premio le fue entregado a Jorge Ferrer por su labor en “El pasado de las ideas”, de Alexandr Herzen (El Aleph/El Taller de Mario Muchnik).  Las cuatro menciones especiales fueron para Fernando Otero Macías, por “Flores tardías y otros relatos”, de Antón P. Chéjov (Alba Editorial); María García Barris por “La familia Golovliov”, de M.S. Schedrín (Nevski-Prospects); Marta Rebón por “El fiel Ruslán”, de G. Vladímov (Libros del Asteroide); y Jorge Saura y Bibicharifa Jakimsiánova por “Mi vida en el arte” de K. Stanislavski (Alba Editorial).

Después de la entrega de los galardones y las flores, de las intervenciones de los actores que dramatizaron, con mejor o peor suerte, algunos de los textos premiados, y de las tres canciones del folklore tradicional ruso que el coro interpretó en escena, subimos la amplia escalera central del edificio hasta un gran salón de espejos en cuyo centro habían servido una mesa con canapés, surtidos de quesos, salmón, embutidos, ensaladilla (rusa, claro), tartaletas variadas y brochetas de fruta. Allí pasamos una velada tranquila, bien alimentada y mejor aderezada por copas de vino español y pequeños vasitos de vodka que los camareros ofrecían a los sedientos invitados.

Todo salió a pedir de boca y el suelo ruso de Madrid se convirtió, durante unas horas, en ese puente invisible, como lo es la misma traducción, entre dos viejas culturas que intentan acercarse.

Enhorabuena a los premiados, sobre todo a mi amigo Fernando Otero Macías por “Flores tardías y otros relatos”, de Antón P. Chéjov , y gracias a él y al pueblo ruso por su invitación.

ADA Narradora.

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