“UMBERTO D.” NEORREALISMO DEL NEOLIBERALISMO.

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Comienza la película cuando un grupo de pensionistas de la tercera edad piden, en una manifestación no autorizada frente al Ministerio, una subida “justa” del importe que reciben del Estado a cambio de toda una vida de servicios laborales prestados. ¿Les suena de algo? Inmediatamente, varios coches de la policía los persiguen, amenazan con atropellarlos si no abandonan la protesta, los hacen correr y desperdigarse por la plaza y las calles aledañas para evitar ser arrestados o heridos por la carga policial, que los espanta como un buey a las moscas. Al fin y al cabo, ¿qué peligro físico entrañan un puñado de viejos con pancartas?

Umberto Domenico Ferrari, el protagonista de este film de Vittorio de Sica, es uno de esos jubilados, antiguo funcionario del Ministerio de Obras Públicas, cuya pensión no llega para pagar el cuarto de la casa de huéspedes en el que vive y un plato de comida para él y su perro, Flick. El metraje avanza mostrándonos la afanosa supervivencia de esta pareja de amigos, el viejo y su perro, y las humillaciones cotidianas que debe soportar un hombre honrado que, por razones de edad, ya no gana dinero. El Estado (del malestar) le abona una cantidad insuficiente para vivir con dignidad en una ciudad como Roma, cara, impersonal y dura en tiempos de la posguerra, y él se ve obligado a almorzar en comedores baratos, asistir al hospital de beneficencia para curarse de una infección de garganta, vender sus objetos personales para poder pagar la renta e, incluso, en un momento de desesperación, hacer que Flick pida limosna en su lugar, ya que él se siente incapaz de hacerlo.

Mientras estaba viendo la película me preguntaba si no debería ser obligatorio proyectarla en las escuelas, en las de secundaria y en las de negocios, y obligar también a nuestros  dirigentes, españoles y extranjeros, a asistir a su pase al menos una vez al mes, para ver si con suerte el mensaje cala en esos cerebros de hucha que no muestran empacho en afirmar tajantemente que el estado del bienestar ya no es sostenible en una economía como la nuestra. No, claro, es mucho mejor volver a dejarlo todo en manos del mercado, que considera al hombre como consumidor o como gasto de producción, sin más identidad que la que su dinero le otorga, sin otra dignidad que la de pagar las facturas y no tener deudas.

¿Y qué pasa cuando eso no puede suceder, por edad, por enfermedad, por una racha de mala suerte o, simplemente, porque las personas prioricen algo distinto al mero deseo de ganar dinero por encima de todo? ¿O cuando el mercado permite e incluso favorece estafas financieras como las de las inversiones en “preferentes” o deja a los pensionistas en manos de empresas privadas que luego quiebran por una gestión irresponsable, como sucedió en EEUU a comienzos de la crisis de 2008? Los ancianos que pedían la subida de sus subsidios en la película me recordaban bastante a esos que se manifiestan hoy día ante la sede de los bancos pidiendo “justicia” porque les han estafado los ahorros de una vida. También me recordaban a los “yayoflautas” que se quejan de los recortes en sanidad y de la pérdida de poder adquisitivo que supone el nuevo cálculo de las pensiones (por mucha carta que el Ministerio envíe a los jubilados explicándoles que pueden darse con un canto en los dientes porque no les han congelado del todo la cantidad que les ingresan).

Umberto D. es una película que defiende la dignidad por encima del dinero, el derecho a la supervivencia de quienes forman parte del sistema, han contribuido a su mantenimiento y que, por alguna razón, ya no son tan económicamente rentables para él. Habla de la soledad en una gran ciudad en la que el número de personas no equivale a su calidad como comunidad comprometida con el bienestar de sus vecinos. Y habla del amor como antídoto contra todo. Flick, el perro que acompaña a Umberto, es en el fondo un vagabundo que acompaña a su amigo humano quien se niega a reconocer su condición de paria porque ha sido educado para entender la dignidad como la capacidad para pagar las facturas y que, en un momento determinado, prefiere morir a vivir indignamente como vagabundo. Flick, perro al fin, más simple y mucho más pragmático, elige la vida, la lucha por seguir adelante, sin perder por ello la fidelidad a su compañero y vecino, por quien pide limosna sin conciencia de ello, ni acritud; con quien comparte la comida de beneficencia y malvive en un cuartucho del que quieren desalojarlos a ambos porque deben un mes de pago. Flick representa un mundo aparte, al margen del trabajo, de los subsidios, los salarios, las cuentas bancarias y las meras transacciones económicas. Es un mundo más próximo a la naturaleza, egoísta por un lado pero por otro, no ajeno a códigos de conducta social basados en el afecto.

Pero ¿por qué el sistema quiere volver a colocar a todos nuestros ancianos en una tesitura como la de Umberto D?

Lo que yo digo, ver esta película debería ser obligatorio como lo es ir a la escuela, pagar los impuestos o inscribir a un bebé que nace en el Registro Civil. Primero, porque es una obra de arte de primer orden. Segundo, porque se dan muchas lecciones sobre historia, sobre literatura, economía, derecho o ingeniería, pero no se enseña nada sobre humanidad, ni a los niños, ni a los adultos, y este film es un máster sobre el tema.

“Umberto D.” es el neorrealismo del liberalismo, el que tocó fondo con el crack de 1929 y llevó a una profunda depresión económica en América y Europa que, a su vez, favoreció el estallido de la Segunda Guerra Mundial  -y su triste posguerra, como muestra la ambientación de esta película-. Cuanto más nos acerquemos de nuevo a las premisas neoliberales, más neorrealistas se volverán nuestras calles y las condiciones de vida que ofrecen. Ya salimos de aquello una vez, esperemos no caer de nuevo en el error que hoy se llama “desmantelamiento del sistema del bienestar”, porque ya sabemos lo que nos espera.

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