“EL FRENTE RUSO”, UNA LECTURA CATÁRTICA.

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¿Por qué, en lugar de esas tristes y cada vez más miserables copas de Navidad a las que las diferentes instituciones administrativas del país invitan a sus funcionarios, nuestros dirigentes del sector público no encargan un ejemplar de la novela de Jean-Claude Lalumiere “El frente ruso” y obsequian con él a sus trabajadores a final de año?

Sería un regalo mucho más original y, sin duda, contribuiría a relajar la tensión que los casi dos millones de trabajadores públicos del país (después de la tijera, serán algunos menos) han ido acumulando a lo largo de estos últimos seis años de crack económico.

“El frente ruso” es una novela que contiene todas las propiedades freudianas de un chiste liberador y, a la vez, ofrece una visión lúcida y real como la vida misma de la catástrofe administrativa en la que se ve que no sólo nuestro país está sumido (parece que el vecino tampoco se salva de la quema).

El protagonista, un joven de provincias que aprueba las oposiciones para ocupar una plaza como funcionario en el Ministerio de Asuntos Exteriores francés, se traslada a París para comenzar su brillante carrera (como sus padres esperan de él) entre los efectivos de la diplomacia gala. En realidad, elige ese trabajo con la intención de cumplir su sueño y viajar, conocer mundo y aquellos lugares exóticos que durante la infancia encontraba en las páginas de la revista GEO y en el atlas familiar. Sin embargo, después de un tropiezo inicial del que nada podemos decir aquí sin estropear la lectura, el ingenuo aspirante a colaborador de una embajada francesa situada en algún enclave estratégico y lejano, se ve trasladado, de golpe y porrazo, a un destino algo a trasmano, en la propia capital de Francia: el frente ruso.

A partir de aquí el protagonista, en cuyas expectativas profesionales de seguridad y prosperidad se proyecta el bagaje de su infancia como hijo único de una pareja de clase media, va conociendo el mecanismo interno que pone en marcha un ministerio. Coincide con tipos variopintos que nunca sobrevivirían más de dos minutos en una empresa privada pero que son más o menos tolerados, con una humanidad sorprendente, dentro del entramado administrativo. Va iniciándose en los misterios insondables que mueven, muchas veces de forma absurda, perversa, ineficiente o extemporánea, los diferentes departamentos de la administración (que resulta bastante similar en ambos lados de los Pirineos). Kafkiano es el adjetivo por excelencia que trae a la mente esta maravillosa sátira sobre la deriva incierta que los trabajadores del Estado han de seguir, con una venda puesta en los ojos, mientras acatan órdenes sin explicación, con ayuda de recursos obsoletos, cadenas de mando de una jerarquía anacrónica, sin que sus objetivos globales sean aprehensibles o, cuando menos, comprensibles.

Así, el dispuesto aprendiz de funcionario, claro miembro de la generación nacida en los setenta, realiza un viaje iniciático que comienza en el frente ruso y termina en el agridulce desencanto de la cruda realidad, vital y profesional, al que sobrevive gracias a una ironía resignada y elegante de perdedor que acepta su condición de tal sin llegar al hundimiento.  

El humor lo salva y nos salva, a todos, pero en especial, surtirá un efecto catártico y purificador en los funcionarios que lean cada frase de esta sabia y lúcida novela. Créanme, ellos se sentirán algo menos solos en su carrera hacia el abismo de la colectividad que gestionan (como pueden, saben o les dejan) contra viento y marea, a pesar de los cambios de gobierno, de los cafés malos, de las reuniones sin sentido, de las traiciones y las miserias cotidianas y, en general, de ese devenir sin rumbo que caracteriza el trabajo de objetivos cambiantes según se mueva el timón de las urnas y las ambiciones de quienes son elegidos en ellas.

Pero lo que esta novela transmite por otro lado, al margen de lo que de crítica encierre su ironía, es la imagen de un espacio laboral en el que todo puede suceder, donde la estabilidad en el empleo admite la imperfección humana sin que la cola del paro sea su espada de Damocles pero que, paradójicamente, se convierte también en una dolencia que se extiende como metáfora del fracaso del hombre y de su sociedad, igualmente imperfecta. Lo que no se extirpa se desarrolla con una alegre excentricidad que a veces se agradece y otras, se maldice. Pero así es nuestra condición vital, y tal vez para mejorar haya que asumirla, utilizar con vista esas imperfecciones y tratar, con más imaginación y menos inercia, de convertir los defectos en discretas virtudes o si no, al menos, en inocuas faltas, sin sacrificar necesariamente al sujeto en aras de la fría eficiencia económica u organizativa.

En cualquier caso, la lectura de este regalo literario que nos trae Libros del Asteroide, hará las delicias de cualquiera que quiera desternillarse de risa leyendo un retrato certero y humano de las miserias y grandezas de la Administración Pública.

Información sobre la novela reseñada:

Lalumiere, Jean-Claude: “El frente Ruso”, Ed. Libros del Asteroide, Barcelona, 2011.

http://www.librosdelasteroide.com/-el-frente-ruso

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