Mes: junio 2015

LO QUE EL DÍA DEBE A LA NOCHE

9788423341726

LO QUE EL DÍA DEBE A LA NOCHE, de Yasmina Khadra

Ed. Destino, Barcelona, 2009. 384 páginas.

Esta obra, del autor argelino Mohamet Moulessehoul (Argelia 1955), que publica con el pseudónimo de Yasmina Khadra, se lee de un tirón. Su prosa es ligera, y cuenta, con delicadeza, la historia de Younes, desde que su familia tiene que emigrar del campo a la ciudad de Orán, sin dinero, en los años treinta, hasta su vejez, en dos mil ocho.

La realidad colonial de Argelia, con la fractura existente entre franceses y nativos, constituye el marco en el que se desarrolla la novela. El narrador es el propio Younes, un niño pobre a quien sus padres dejan al cuidado de sus tíos, dueños de una farmacia y acomodados entre la élite francesa del país. Así se cría, como parte de una burguesía próspera, que nunca llega a olvidar del todo sus raíces no francesas. Desde la adolescencia, Younes entabla amistad con tres compañeros de clase, Fabrice, Jean-Christophe y Simón, cuya relación entra en crisis al llegar a la madurez. El amor hacia la misma mujer, Emilie, así como los conflictos políticos que sacuden el país, desde la Segunda Guerra Mundial hasta la lucha nacionalista que termina con la independencia de Argelia, en los años sesenta, van abriendo grietas insalvables entre los cuatro personajes. Younes es testigo de las traiciones y cobardías de sus compañeros. Los intereses económicos y de clase van erosionando el vínculo que existe entre ellos y la decepción acaba configurando el carácter del protagonista. Es llamativa su ingenuidad a la hora de enfrentarse con lo que desea. En cierto sentido, me recuerda un poco a la manera autodestructiva en que actúa Kemal, personaje clave de El museo de la inocencia, del turco Orhan Pamuk. Ambos son héroes pasivos, apocados, cuya debilidad para imponerse a las situaciones difíciles, al mundo que los rodea, los hace infelices.

En el caso del protagonista de Khadra, son sus propias contradicciones interiores, de identidad cultural, sus dudas sobre los principios éticos aprendidos en la infancia y en la adolescencia, que chocan con la realidad, los que lo convierten en un adulto inseguro, abocado a la renuncia crónica y a la inacción. El paso del tiempo asentará su forma de mirar la vida y logrará que acepte las consecuencias de lo errado y lo decidido. Al fin y al cabo, no hay día sin noche. El llamativo título del libro resume esa dualidad entre luz y tiniebla, entre el bien y el mal, que a veces van de la mano y se necesitan para aparecer por contraste, sin llegar a ser del todo lo uno y lo otro. No hay amor sin sentimiento (y en muchas ocasiones, sufrimiento), ni riqueza sin explotación, ni identidad sin salirse de los dictados de la mayoría. La bondad y la lealtad pueden desembocar en una paradójica e inútil incongruencia: la tristeza y la tragedia. Este libro trata temas universales en un contexto histórico que los ilumina con especial viveza, y su autor los presenta utilizando un lenguaje elegante y poético, que contrasta con la voz sencilla de los personajes. Es un texto absolutamente recomendable, capaz, en ocasiones, de mantener al lector con el corazón en un puño.